sábado, 13 de julio de 2013

LA VIDA DEL MALDITO




Odilon Redon (1840-1916). Pintor francés. 




Yo adolezco de una degeneración ilustre; amo el dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que sirve para destruir un mundo abandonado al mal. Imagino constantemente la sensación del padecimiento físico, de la lesión orgánica.
    Conservo recuerdos pronunciados de mi infancia, rememoro la faz marchita de mis abuelos, que murieron en esta misma vivienda espaciosa, heridos por dolencias prolongadas. Reconstituyo la escena de sus exequias, que presencié asombrado e inocente.
    Mi alma es desde entonces crítica y blasfema; vive en pie de guerra contra los poderes humanos y divinos, alentada por la manía de la investigación; y esta curiosidad infatigable declara el motivo de mis triunfos escolares y de mi vida atolondrada y maleante al dejar las aulas. Detesto íntimamente a mis semejantes, quienes sólo me inspiran epigramas inhumanos; y confieso que, en los días vacantes de mi juventud, mi índole destemplada y huraña me envolvía sin tregua en reyertas vehementes y despertaba las observaciones irónicas de las mujeres licenciosas que acuden a los sitios de diversión y peligro.
    No me seducen los placeres mundanos y volví espontáneamente a la soledad, mucho antes del término de mi juventud, retirándome a esta mi ciudad nativa, lejana del progreso, asentada en una comarca apática y neutral. Desde entonces no he dejado esta mansión de colgaduras y de sombras. A sus espaldas fluye un delgado río de tinta, sustraído de la luz por la espesura de árboles crecidos, en pie sobre las márgenes, azotados sin descanso por un viento furioso, nacido de los montes áridos. La calle delantera, siempre desierta, suena a veces con el paso de un carro de bueyes, que reproduce la escena de una campiña etrusca.
    La curiosidad me indujo a nupcias desventuradas, y casé improvisadamente con una joven caracterizada por los rasgos de mi persona física, pero mejorados por una distinción original. La trataba con un desdén superior, dedicándole el mismo aprecio que a una muñeca desmontable por piezas. Pronto me aburrí de aquel ser infantil, ocasionalmente molesto, y decidí suprimirlo para enriquecimiento de mi experiencia.
    La conduje con cierto pretexto delante de una excavación abierta adrede en el patio de esta misma casa. Yo portaba una pieza de hierro y con ella le coloqué encima de la oreja un firme porrazo. La infeliz cayó de rodillas dentro de la fosa, emitiendo débiles alaridos como de boba. La cubrí de tierra, y esa tarde me senté solo a la mesa, celebrando su ausencia.
    La misma noche y otras siguientes, a hora avanzada, un brusco resplandor iluminaba mi dormitorio y me ahuyentaba el sueño sin remedio. Enmagrecí y me torné pálido, perdiendo sensiblemente las fuerzas. Para distraerme, contraje la costumbre de cabalgar desde mi vivienda hasta fuera de la ciudad, por las campiñas libres y llanas, y paraba el trote de la cabalgadura debajo de un mismo árbol envejecido, adecuado para una cita diabólica. Escuchaba en tal paraje murmullos dispersos y difusos, que no llegaban a voces. Viví así innumerables días hasta que, después de una crisis nerviosa que me ofuscó la razón, desperté clavado por la parálisis en esta silla rodante, bajo el cuidado de un fiel servidor que defendió los días de mi infancia.
    Paso el tiempo en una meditación inquieta, cubierto, la mitad del cuerpo hasta los pies, por una felpa anchurosa. Quiero morir y busco las sugestiones lúgubres, y a mi lado arde constantemente este tenebrario, antes escondido en un desván de la casa.
    En esta situación me visita, increpándome ferozmente, el espectro de mi víctima. Avanza hasta mí con las manos vengadoras en alto, mientras mi continuo servidor se arrincona de miedo; pero no dejaré esta mansión sino cuando sucumba por el encono del fantasma inclemente. Yo quiero escapar de los hombres hasta después de muerto, y tengo ordenado que este edificio desaparezca, al día siguiente de finar mi vida y junto con mi cadáver, en medio de un torbellino de llamas.



De: La Torre de Timón (1925)



José Antonio Ramos Sucre

domingo, 7 de julio de 2013

PRELUDIO




Cristóbal Rojas (1858-1890). Pintor venezolano. Dante y Beatriz.





Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras.
Entonces me habrán abandonado los recuerdos: ahora huyen y vuelven con el ritmo de infatigables olas y son lobos aullantes en la noche que cubre el desierto de nieve.
El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo; mas yo lo abre escalado de brazo con la muerte. Ella es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo reposaré eternamente y no lamentaré más la ofendida belleza ni el imposible amor.




De: La Torre de Timón (1925)



José Antonio Ramos Sucre

OFELIA



John Everett Millais (1829-1896). Pintor e ilustrador británico. Ofelia.




La bruja adereza el veneno de la fiebre soñolienta. Requiere los nenúfares y lentejas del agua.
Desde el cielo de colores sordos, el aquilón de carrillos inflados, imagen de un dibujo holandés, arroja su brisa letal.
Una canturía lenta, insipiente, erige de la tierra la zarza de las espinas y demanda la presencia de un lagarto famélico. El monje de la zozobra avista su efigie en la frente de una calavera de risa desdentada.
Sobre las ruinas, ocultas bajo las redes y lazos de una vid silvestre, la forma aérea de una virgen florecida en un siglo ideal suprime el sortilegio y sosiega el ambiente con sus alas de fantasma.
Y la secunda el ruiseñor, poeta del amor inconsolable.




De: El cielo de esmalte (1929)




José Antonio Ramos Sucre


viernes, 5 de julio de 2013

ELOGIO DE LA SOLEDAD



 
Rembrandt Harmenszoon van Rijn (Leiden,  1606 – Ámsterdam, 1669). Pintor y grabador holandés. Filósofo meditando.





Prebendas del cobarde y del indiferente reputan algunos la soledad, oponiéndose al criterio de los santos que renegaron del mundo y que en ella tuvieron escala de perfección y puerto de ventura. En la disputa acreditan superior sabiduría los autores de la opinión ascética. Siempre será necesario que los cultores de la belleza y del bien, los consagrados por la desdicha se acojan al mudo asilo de la soledad, único refugio acaso de los que parecen de otra época, desconcertados con el progreso. Demasiado altos para el egoísmo, no le obedecen muchos que se apartan de sus semejantes. Opuesta causa favorece a menudo tal resolución, porque así la invocaba un hombre en su descargo:
    La indiferencia no mancilla mi vida solitaria; los dolores pasados y presentes me conmueven; me he sentido prisionero en las ergástulas; he vacilado con los ilotas ebrios para inspirar amor a la templanza; me sonrojo de afrentosas esclavitudes; me lastima la melancolía invencible de las razas vencidas. Los hombres cautivos de la barbarie musulmana, los judíos perseguidos en Rusia, los miserables hacinados en la noche como muertos en la ciudad del Támesis, son mis hermanos y los amo. Tomo el periódico, no como el rentista para tener noticias de su fortuna, sino para tener noticias de mi familia, que es toda la humanidad. No rehúyo mi deber de centinela de cuanto es débil y es bello, retirándome a la celda del estudio; yo soy el amigo de los paladines que buscaron vanamente la muerte en el riesgo de la última batalla larga y desgraciada, y es mi recuerdo desamparado ciprés sobre la fosa de los héroes anónimos. No me avergüenzo de homenajes caballerescos ni de galanterías anticuadas, ni me abstengo de recoger en el lodo del vicio la desprendida perla de rocío. Evito los abismos paralelos de la carne y de la muerte, recreándome con el afecto puro de la gloria; de noche en sueños oigo sus promesas y estoy, por milagro de ese amor, tan libre de lazos terrenales como aquel místico al saberse amado por la madre de Jesús. La historia me ha dicho que en la Edad Media las almas nobles se extinguieron todas en los claustros, y que a los malvados quedó el dominio y población del mundo; y la experiencia, que confirma esta enseñanza, al darme prueba de la veracidad de Cervantes que hizo estéril a su héroe, me fuerza a la imitación del Sol, único, generoso y soberbio.
    Así defendía la soledad uno, cuyo afligido espíritu era tan sensible, que podía servirle de imagen un lago acorde hasta con la más tenue aura, y en cuyo seno se prolongaran todos los ruidos, hasta sonar recónditos.




De: La Torre de Timón (1925)




José Antonio Ramos Sucre

miércoles, 3 de julio de 2013

LA PLAGA



Jules-élie Delaunay (1828-1891). Pintor francés. Peste en Roma.



Mi compañero, inspirado de una curiosidad equívoca y de una simpatía vehemente por los seres abatidos y réprobos, andaba de brazo con una joven extraviada.
Intenté disuadirlo de semejante compañía, alegando el porte censurable de la mujer, afectada por la memoria de un hermano vesánico, autor de su propia muerte.
Nos separamos una noche memorable. Las fortunas se hacían y deshacían en el garito de mayor estruendo. Los reverberos derramaban una luz clorótica y aguzaban la fisonomía de los tahúres. La angustia electrizaba el aire del recinto y reprimía el aplauso y la risa de las mujeres livianas.
Una muchedumbre de insectos alados, cayó, el día siguiente, sobre la ciudad y difundió una peste contagiosa. Sus larvas se domiciliaban en los cabellos de los hombres y desde allí penetraban a devorar el encéfalo, socorridas de un mecanismo agudo. Arrojaban de sí mismas un estuche fibroso para defenderse de alguna loción medicinal. Herían, de modo irreparable, los resortes del pensamiento y de la voluntad. Los infectados corrían por las calles dando alaridos.
Mi compañero se resistió a mi consejo de huir y vino a perecer, sin noticia de nadie, en su vivienda del suburbio.
Los naturales del reino se abstenían de pisar el contorno de la ciudad precita. Los agentes del orden, asentados en lugares oportunos, impedían la visita de los rateros y circunscribían la zona del mal.
Yo arrostré la prohibición y conseguí descubrir la suerte de mi amigo.
Abrí, después de algún forcejeo, la puerta de su casa y lo vi tendido en el suelo, mostrando haberse revolcado.
Unas arañas, de ojos fosforescentes y de patas blandas y trémulas, saltaban sobre su cadáver. La nueva ralea había despoblado la ciudad, corriendo en pos de los supervivientes.




De: Las formas del fuego (1929)




José Antonio Ramos Sucre


LOS SECRETOS DE LA ODISEA




Charles Gleyre (1806-1874). Pintor Francés. Odiseo y Nausícaa.





El rey de los feacios apresuró el viaje de Ulises y se negó a cultivar su recuerdo y amistad. Había concebido un miedo extravagante al fijarse en su confesión de una entrevista con los difuntos. Imaginaba a través de la fábula del peregrino, el resentimiento de Tiresias, asaltado y sujeto.
El rey de los feacios amaba ansiosamente la vida y la juventud. Se espantaba de la vejez y del cautiverio en la tumba sempiterna. Al oír el cuento de Ulises y para eliminar sus efectos aciagos, requirió una espada de bronce, presente de Mercurio, alojada en una vaina de marfil. Se levantó bruscamente, animado de una idea precisa, y se dirigió, por una avenida de estatuas, al arsenal de sus navios indemnes.
Unos remeros próvidos se aventuraban, poco después, con el héroe sagaz en un mar vacío. Tremolaba en las entenas y en los mástiles el apéndice de luz de los Dioscuros.
El rey de los feacios fue herido en su afecto más noble. Debía pagar con una senectud inconsolable el azar de una hospitalidad réproba. Su hija Nausicaa, la hermana pensativa de las fuentes, se había prendado de la elocuencia de Ulises y se consumió llorando su alejamiento perentorio.
Las doncellas de su trato la sepultaron, vestida con el atavío de las nupcias, bajo un túmulo de piedras humedecidas por el relente de un valle fluvial.




De: El cielo de esmalte (1929)





José Antonio Ramos Sucre